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miércoles, 11 de septiembre de 2013

11-S




Entre las opciones que se le ofrecen, ordene por preferencia de "más deseada" a "menos deseada". 

En caso de poder repetir un 11-S lo haría...:

a) Contra Ana Botella
b) Contra Cachalote-Dandy (aun sabiendo que solo logrará hacerle cosquillas)
c) Contra tu propia cara
d) Contra las caras de las personas con las que no debería de soñar nunca más
e) Contra el propio avión en sentido inverso creando así un feedback negativo regresivo donde toda la energía se convierta en un agujero negro que absorba todo lo que conocemos y por fin termine el mundo...


ORDENE:                 ...

jueves, 10 de marzo de 2011

Seguro que no



Uno coma cinco, o dieciocho... según se mire... pero "se se se se... seeeeguro que no te acuerdas", qué raro... y esta vez no necesito un móvil, ni un calendario, no necesito nada. Está recosido en el envés de mi muñeca, y siempre que la giro me acuerdo de las vueltas que le he dado, y las que me ha dado ella; y las que nos quedan.

Llegaste y nos quemamos haciendo juegos de malabares, ahora seguimos jugando, y nos seguimos quemando... pero los malabares no son los mismos. Cambiamos mazas y cintas de colores por corazones. Tú los lanzas al aire, y a lo mejor alguna de las dos los coge.

domingo, 30 de enero de 2011

Domingo de invierno y nublado



A menudo me sorprendo pensando en la insignificancia del ser humano, (qué estúpidos y qué pequeños somos) para en tres segundos darme cuenta de la grandeza de las cosas más cotidianas y simples. En esos momentos todo lo que hay a mi alrededor me sorprende. Soy incapaz de visualizar lo que me rodea como algo normal. Las gafas, un azucarero, restos de café por la mesa, un bolígrafo de propaganda, el gato, el aire que mueve el molinillo del balcón, la manta de cuadros... y tú debajo durmiendo agarrada a mi pie helado.

Sólo son las 8 de la tarde de un Domingo cualquiera.

martes, 11 de enero de 2011

"Me gustan las siestas contigo"

Y no tengo más que decir... ^_^

martes, 9 de noviembre de 2010

Mercurio









El nórdico pegado al cuerpo y la radio sonando de fondo, la broma matutina...



Sus ojos, legañosos y apáticos, se dirigieron a la contra ventana que aun permanecía cerrada mientras se desperezaba en la cama, una línea de luz grisácea se colaba a duras penas por las paredes hasta su almohada. Se levantó descalza para abrir y volver a saltitos riéndose a la cama "con lo temprano que es"; no había parado de llover desde anoche y ahora las gotas de agua iban poco a poco acumulándose en el cristal, pegándose entre ellas, aglutinándose y conformando grupos heterogéneos que le recordaban a las fases de la coagulación antes de que apareciera la "señora fibrina". Diminutas gotas en busca de su familia lejana, la de la nube vecina, la que le vendía el pan, esas que ahora corren para unirse a la fiesta.

Recordó el día que se le rompió el termómetro de pequeña, jugaba a vendar a su hermano de arriba a abajo para inventar cualquier enfermedad o catástrofe universal que le hubiera provocado tal estado terminal. Decenas y decenas de gotas de mercurio se derramaron por el mármol blanco, casi como canicas en miniatura. Intentaba atraparlas pero se le escurrían entre los dedos, hubiese querido que esas gotas de acero hubieran permanecido allí para siempre y rodarlas una y otra vez sobre la palma, pero su madre pronto vino con la mano cargada "ZAS", colleja... y un "quita ya de ahí que no haces nada bueno", desapareció el hechizo.

Unos cuantos-bastantes años más tarde aquel espectáculo de gotas de agua asustadas, o bien ansiosas por hacer una piña con sus compañeras, le produjo la misma carcajada, esa que le hacía sentir tan bien. Era como si el tiempo se detuviera y el segundero sólo avanzase con cada sutil movimiento de gota. Deseó con todas sus fuerzas congelar ese momento. Sacó el móvil y fotografió aquellos cristales pasados por agua.

No era suficiente, necesitaba algo más físico, más material, algo que permaneciera, y no se escapara entre el cepillo y el recogedor.

Como si se le iluminase la bombilla, salió disparada y fue corriendo a la cocina para coger aquella taza ovetense, esa que "extrajo" sin querer de un quiosco a través de la reja (las ventajas de un 6 de guante) y abrió la ventana de su cuarto, se mojó la nuca al agacharse y la colocó en el balconcillo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Sólo siete segundos y 25 centilitros de vida llenaron la taza. Volvió a abrir, a mojarse la nuca al agacharse y a coger la taza del balconcillo. Un sorbito... La vida le sabía bien.