
Desde que nací he estado tocada, señalada... mi nevus (nevus sebaceo de Jadassohn), me etiqueta, como a los cerdos que quedan indefinidamente integrados al patrimonio de la granja selladora, solo que ellos no lo saben. Lo mejor es que siempre me ha gustado enseñarlo y que alguna niña pija gritara "iuuhg q asco!", yeahh me siento una triunfadora haciendolo (valiente mierda).
Te caes de la bici y arrastras las rodillas 20 metros por el suelo de chinas del carril, gritándole a tu padre que va otros tantos por delante cargado de tomates de "La Pepi"... ¡maldita bici rosa de flecos!, no sé cual de las dos cosas me marcó más, rodillas-bici rosa, rodillas-bici rosa... mmm.
Te independizas,o algo así, el caso es que no vives con asistenta materna y empiezas a cocinar, es entonces cuando el arroz y el aceite te saltan sin compasión, bracitos mios... Ahora tienes perro, y luego gato... los animales también te dejan huella, ya sabes a lo que me refiero.
Pero no son esas huellas de las que hablo quizás es del lunar de mi labio, no de él no, ni de los arañazos paralelos de mi espalda, o si, tal vez si, esas dos líneas paralelas que no cicatrizan nunca, que aparecieron una detrás de otra sin saber por qué, equidistantes en todos sus puntos y exactamente iguales una a la otra, se miran sin tocarse. No las veo, por que están en mi espalda, incrustadas en mis lomicos, pero sé que están ahí, aunque las haya dejado atrás... y que no cicatrizan... lo peor, que las vé todo el mundo, y que yo me empeño en olvidarlas, como si no existieran... me marcan, no cicatrizan... quizás me haga cirujana plástica, pero ahora sé que las heridas que cicatrizan por segunda intención no quedan bien...